Mi cabello Mi corona

Illari quiere llevar el pelo suelto a la escuela. Ha insistido por meses y yo finalmente, sin más armas y sin más excusas he accedido. Ha sido un ejercicio mental, un ejercicio de identidad y un triunfo para mi alma. Confieso que no ha sido fácil. Confieso que a pesar de mis tantos y tantos años con mi cabello natural, de mis tantos años como activista y mis luchas por la aceptación y revaloración de nuestras características físicas, ver a mi hija con su cabello suelto, no acababa de tener una forma correcta en mi cabeza. Ha sido una aventura lidiar con la idea de que mi hija lleve su cabello suelto y lo más importante, aprender a gustar de él.

Para ella sin embargo,  ha llegado naturalmente. Ella ha crecido rodeada de mujeres que valoran y aman su cabello, incluyéndome a mí misma y a su hermana mayor. A sus ocho años, le ha tocado vivir la mayor parte de su vida en Brasil,  en donde nuestra vida transcurrió alrededor del movimiento de mujeres negras y ha sido común para ella ver todas esas mujeres que ya se han apropiado de su imagen y lucen sus cabellos sueltos en una especie de rebeldía como quien canta himnos y grita consignas de identidad.

En nuestra casa, a ella nunca le ha tocado vivir los conocidos rituales de alisamiento y estiramiento del cabello. Nunca le tocó experimentar ni sentir ese olor producido por el cabello que se quema,  o esos olores amoníacos que a menudo vienen del proceso de alisar nuestros cabellos. Ella siempre vio a las mujeres mayores en casa usando ¨Dreadlocks” y  muy satisfechas con su cabello.  


A ella eso del cabello suelto le llegó natural, como si nada, como si desde siempre su cabello fuera hermoso y fuera posible solo llevarlo puesto, así nada más, como le fue entregado, sin el peso de la historia y de la mente. Ella solo quiere llevarlo suelto como sus compañeritas de  escuela, con la conciencia plena de que es diferente pero naturalmente hermoso, naturalmente suyo. Les prometió que para su cumpleaños número siete les tendría una sorpresa,  la verían finalmente con el cabello suelto.

Para nosotras, sin embargo, el cabello continúa siendo un lento proceso de aceptación, de amor propio, de reconocimiento y autoestima. Y aquí no hablo solamente de mujeres negras de la diáspora. Habiendo vivido y visitado diversos países del continente africano, puedo incluir en mi observación contextos africanos, en donde también el cabello tratado con químicos, es una parte casi natural de la cotidianidad de muchas mujeres. Y el cabello natural en las mujeres negras en nuestros tiempos,  es a menudo considerado (como fue considerado en los 60s y principios de los 70s en los Estados Unidos) como un manifiesto revolucionario o una declaración política. 

Y es que la historia de nuestro cabello, (…como si tuviera que haber una historia detrás del cabello…) continúa siendo una historia más de desnaturalización, opresión y  deshumanización. Es que alrededor de nuestro cabello, así como alrededor de los cuerpos de las mujeres negras, se dio un proceso de desnaturalización y descalificación. Y lo que es a peor  es que así como se nos hizo creer, que entre más oscura es la piel más primitivos o animalizados son los comportamientos; se nos convenció de que entre más oscura la piel, mas “duro” y feo es el cabello.

Nos convencieron de que nuestro cabello, no era lo suficientemente bueno, ni lo suficientemente hermoso. Nos indujeron a pensar que lo “natural” era llevar el cabello químicamente tratado y que nuestro cabello era inapropiado para ciertos contextos y por tal razón debía ser sometido al trauma de los peines candentes que lo estiraban, o a poderosos químicos o a cualquier otra forma que permitiera convertirlo en algo apropiado para ser presentado y presentable ante los otros. Y ahora resulta que nosotras mujeres negras, tenemos que hacer toda una argumentación ideológica  para justificar la importancia de llevar nuestro cabello como naturalmente es. Ahora resulta que nosotras mujeres negras tenemos que ser “conscientes” de alguna cosa para llevar el cabello en su estado natural. Resulta que usar el cabello en su estado natural es “político”  y que llevar nuestro cabello de la forma como nace de nuestro cuero cabelludo es un manifiesto ideológico. Yo le llamo a eso: el mundo al revés.

¿Cuándo el cabello de alguien puede convertirse en un manifiesto político? ¿Cuándo alguna parte del cuerpo de alguien, en su estado natural tiene el poder de convertirse en un arma de ideología o de batalla? ¿Por qué permitimos que nuestros cuerpos o nuestras características físicas sigan siendo un arma en contra de nosotras mismas?  

Como nos convertimos en esto 

Nuestra infancia transcurrió con el deseo de tener cabellos largos y lacios. Todas las princesas de los cuentos siempre tuvieron cabellos  ¨largos, lacios y sedosos”.  La Bella durmiente, Cenicienta, Ariel, Pocahontas, Rapunzel y otras tenían en común sus “hermosos cabellos”. Cuando niñas también aprendimos a querer ser princesas, entre otras cosas porque sabíamos que los príncipes se quieren casar con ellas. El cabello largo además, ha sido asociado históricamente con feminidad y porque no decirlo, con sexapil. 

Esas eran las imágenes de mujeres hermosas que nos construyeron y que construimos. Nuestra ausencia en la televisión, en la publicidad y en la calle, en los libros e imágenes en la escuela así como la ausencia de imágenes positivas que nos reflejaran y con las cuales pudiéramos sentirnos identificadas fueron una constante durante nuestra infancia. No logramos encontrar mujeres que se nos asemejaran para convertirlas en nuestros modelos. Por el contrario, la gran mayoría de las imágenes que pudimos ver, por ejemplo en las telenovelas, representaban roles e imágenes negativas y subordinadas que nunca constituyeron algún rol digno de ser emulado.


Recuerdo claramente las tardes de juegos entre hermanas y amigas, en que jugábamos de ser señoras de alta alcurnia que llevaban cabellos largos. También jugábamos  de “muchachas” hermosas que tenían largas y rubias cabelleras.  Entonces nosotras solíamos colocarnos toallas sobre la cabeza para asemejar esos cabellos largos y caminábamos hablando con tono novelesco.

Recuerdo las sesiones de tías, primas y amigas en donde entre cafés y sopas de abuelas se discutieron características y se hicieron comparaciones entre los cabellos de las unas y de las otras utilizando adjetivos negativos para los cabellos más crespos y otros adjetivos más benévolos para los menos crespos o más suaves. Nosotras también debimos escuchar eso del “pelo bueno” para la prima con el padre o la madre no negras y la “suerte” de tener ese cabello “bueno”, implicando automáticamente la desdicha de quienes no lo teníamos. Cuantas veces no escuchamos entre plática y plática,  sobre el trabajo que daba peinar nuestro cabello y el no poder esperar a que llegara la edad necesaria para alisarlo y de esa forma, pudiéramos hacernos cargo de nuestro propio cabello.

De niña recuerdo haber derramado muchas lágrimas en esas sesiones de peinados. No existían entonces esos productos para facilitar el peinado, y de haber existido, no llegaban a nuestros países. A pesar de terminar con los ojos jalados hacia arriba, por lo fuerte que eran apretadas esas trenzas,  los resultados de esas sesiones solían ser maravillosos. Obras de arte florecían de ese esfuerzo en las cabecitas de las niñas negras. Al final, a pesar de las lágrimas, el premio eran niñas felices luciendo adornados y relucientes peinados que duraban una, dos o más semanas hasta la nueva sesión.

Para muchas de nosotras, fue la llegada a la pubertad lo que determinó el fin de nuestro cabello natural. Fue un momento que ya había venido siendo anunciado y muchas veces aguardado. Fue a los trece años aproximadamente cuando mi madre decidió que era el momento justo para la transición. De esta forma,  ella también se desentendía y me entregaba esa responsabilidad. Sucedió igual para mis hermanas, primas y muchas de mis amigas. La pubertad fue el momento en donde, casi como un rito de pasaje, madres, tías o abuelas consideraron como el momento oportuno para alisar nuestro cabello, alivianar el trabajo y entregarnos,  casi como un pergamino, la responsabilidad y el control de nuestros cabellos. El mensaje era claro: ya eres una mujer y entonces te paso esta carga, un poco más liviana,  pero a partir de ahora tu cabello es tu responsabilidad, y como toda una señorita, deberás llevarlo con formalidad y dignidad. En el fondo no las culpo, solo repetían patrones, fue lo que aprendieron, lo esperado, lo obvio, lo asumido.

A partir de ahí, la historia incluyó las enruladas nocturnas y las sesiones de alisado cada cuatro o cinco meses. Este proceso era normalmente realizado en casa y dependíamos de  parientes o amigos que podían traer el producto de los Estados Unidos porque entonces,  conseguirlo en las tiendas locales resultaba prácticamente imposible por lo que era necesario encargarlo y esperar la siguiente visita.


Este procedimiento de alisado para mí siempre fue una tortura. Ese olor amoníaco siempre me resultó repulsivo, además de que nunca conseguía aguantar el tiempo necesario con la crema en mi cabeza. El cuero cabelludo empezaba a quemarme y sin previo aviso, corría a lavarlo haciéndome merecedora del enojo de la peinadora, y los reclamos del resto de las presentes, porque entonces los resultados no serían los esperados. Cuantas veces no terminé con quemadas en la frente, en la nuca o en el cráneo que solo consiguieron convencerme de que eso no era para mí. Porque aparte de cualquier nivel de conciencia, la verdad es que nunca me gustó,  era incómodo,  desagradable y requería de un mantenimiento que yo no estaba dispuesta a darle. Recuerdo el cargo de conciencia por meterme al mar o a las piscinas, porque después del trabajo que daba el peinado, el cabello no debía mojarse. El mantenimiento siempre fue tedioso, sin embargo yo entendía, que era eso lo que había que hacer, era lo ¨necesario¨. Era un requerimiento para entrar en la adultez dignamente, y aunque las cosas han cambiado un poco,   continúa siendo necesario hoy.

A pesar de los cambios, hoy es más común que antes observar niñas llevar el cabello químicamente tratado y muchas  madres colocan esos productos en las niñas  desde los tres o cuatro años. El fin de semana de muchas mujeres está determinado por el ritual ineludible del salón de belleza. Y aunque entiendo que en muchos casos esta rutina puede resultar terapéutica, ahí se gastan hasta seis horas de su día libre entre peinadoras, alisados y peinados como un requisito necesario para vivir una vida presentable y digna.


Eso fue lo que aprendimos desde siempre. Porque cuando las mujeres negras llevan su cabello crespo libremente, esta “desarreglado”,  “despeinado” y es “informal”. Porque ya paré de contar las veces en que me enfrasque en discusiones con mujeres inteligentes y “conscientes” que defendían el alisado como una moda o como una forma más de llevar su cabello. Muchas de estas mujeres justifican su decisión y la negativa de volver al cabello natural en función de sus trabajos, en función del sistema que no las acepta,  en función de la dificultad de manejarlo y en la informalidad que representa. Utilizan el argumento de algunas estilistas que sostienen que volver al cabello natural es un proceso largo, complicado y dañino para el cabello.  Yo me pregunto que más dañino para el cabello y para el organismo que los químicos a los que se le somete.  Estas mujeres quieren triunfar y según ellas, su cabello en estado natural no les favorece. Y reconociendo el derecho de cada persona de llevar su cabello de la forma que mejor le parezca, lo interesante es que estas mujeres no logran establecer ninguna relación con autoestima o estándares de belleza,  o con un sistema de dominación que nos ha condicionado para responder a patrones idealizados y completamente ajenos a nuestras características físicas.

Luego de la experiencia fallida del alisado, me embarqué en la moda de las trenzas largas reforzadas con extensiones. A pesar de que me gustaba el resultado, tampoco funcionó por mucho tiempo. Cada sesión de trenzado terminó en dolores de cabeza insoportables que ameritaron hasta el uso de analgésicos por dos o tres días para aliviar la tortura. La verdad es que nunca me sentí realmente cómoda. Creo que influyó también el hecho de que nunca fui lo suficientemente vanidosa como para dedicar el tiempo necesario en esos menesteres. Fue talvez un arranque de honestidad conmigo misma lo que me hizo un día soltar las últimas trenzas y decir: esto es suficiente para mí. Vi a muchas de mis amigas y familiares sufrir de dolores de cabeza por la misma causa, pero la satisfacción del cabello largo fue para ellas más poderoso. Las trenzas fueron una tortura voluntaria, que si bien  resultó en cabellos nítidamente peinados y muy hermosos, para mí no compensaba el dolor que implicaba. Creo además, que si bien este peinado se asemeja un poco más a nuestras formas ancestrales, el objetivo ha estado siempre orientado en una dirección: disimular la apariencia natural de nuestro cabello.

La lista no acaba ahí, luego vinieron el cabello sintético (o humano) adherido al nuestro para asemejar cabellos largos, y las pelucas lacias que desde que recuerdo han sido parte del guardarropa de las tías, vecinas y las señoras que veía en la Iglesia cuando crecía. Y es que crecimos pensando que nuestro cabello no era capaz de crecer como crece el cabello lacio. Nos criamos con el mito de que al crecer hacia arriba, nuestro cabello nunca podría llegar a ser tan largo como el lacio. Y yo lo creí hasta mi adultez, lo creí hasta que en Jamaica, vi los cabellos más largos que alguna había visto.  

Hoy cuando miro hacia atrás sonrío, al ver mi cabello que me llega por debajo de mis nalgas.

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